NO TE PIERDAS…

¿Cuando dejamos de ser nosotros mismos, para convertirnos en lo que los demás quieren que seamos para ellos?

Pues esa respuesta es fácil, en el momento en que evitamos decir una verdad por temor a que moleste, en el instante en que dejas de ser egoísta y por cariño te das y te das y te pierdes y te pierdes.

Intentamos complacer, creemos que es el pago a ser aceptados por la sociedad que nos rodea, a todos nos gusta gustar,  sin pararnos a pensar en la trampa mortal que eso supone. Pues aunque intentemos mantener una clara línea divisoria entre lo que de verdad deseamos y lo que de verdad desean de nosotros. Si buscamos agradar, esa línea queramos o no, comienza a difuminarse con cada acto de entrega a los demás. Pues si algo he aprendido es que cuánto más nos damos más nos perdemos a nosotros mismos. Hasta un punto en que ya no sabes ni quién eres, ni qué buscabas realmente para ser feliz, porque nos disipamos en deseos ajenos.

Y entonces, un buen día, despiertas sintiéndote vacío. Y descubres además, que todo lo que hiciste por complacer, no sólo no es valorado, sino que se ha convertido en argollas de obligación, pesadas y rasposas.

Pero os diréis … es que las cosas han de hacerse de corazón, no por agradar. Bien vayamos a ese supuesto…

Nos sentimos bien haciendo cosas por los demás porque nos nace, creemos que es generoso por nuestra parte, pero es un deseo egoísta puesto que ese acto nos reporta un bienestar: sentirnos bien con nosotros mismos. Eso quizá puede considerarse reciprocidad, pero no lo es. Pues por muchas cosas que hagamos de corazón, seguro que las hemos hecho para más de una persona que no lo merece, y aunque nos digamos, no importa, me nació, y con eso me quedo, nos engañamos. Porque ese poso de amargura que deja la ingratitud o la indiferencia, o la traición, comienza a crecer y dejamos de ser tan…altruistas, porque sufrimos. Con lo cual, volvemos al punto de partida, nos estamos perdiendo en dar, algo que nos genera al final frustración y acritud.

¿Entonces? ¿Hay que dejar de dar? No, pero sin perdernos de vista. Sin dar de lado nuestras prioridades, nuestras preferencias, sin perder nuestra individualidad y ese egoísmo necesario centrado principalmente en, primero, cuidarnos, querernos y respetarnos por encima de todo, le pese a quién le pese, nos necesite quién nos necesite. Pues de no ser así, el desgaste emocional, termina llevándonos a un abismo brumoso del que es muy difícil salir.

Y reflexionando sobre esto, llego a la conclusión de que por lógica, si no nos damos a nosotros mismos, no podemos dar a los demás. Dar es como una boca de lobo que traga sin piedad, llena de dientes que se te clavan hasta terminar engulléndote. Debemos ponernos un tope, debemos evitar la habitualidad para alejarnos de las cadenas del compromiso diario. Hemos de saber decir que no, si realmente no nos apetece hacer o conceder, o darnos, porque entraríamos en conflicto con nosotros mismos. Y eso nos empujaría a esa esclavitud que tan frustrados e infelices nos hace.

Y ser egoísta no es más que una mecanismo de pura supervivencia, puesto que si cedes a los deseos egoístas de terceros, dejas de ser tú, para ser un mero juguete, un esclavo complaciente, un ser al que perderán pronto el respeto y lo peor de todo, tú mismo te lo perderás.

No perdamos nunca esa maravillosa singularidad que tiene el ser humano, y para eso hemos de evitar que nos devoren las necesidades ajenas.

Y esto me lleva a otra cuestión… ¿te pierdes también cuando amas…?

Pero eso será en otro momento…

Lola P. Nieva

 

 

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MIRAR ATRÁS…

Hoy voy a mirar atrás, a aquellos tiempos en que sentada en la terraza de mi casa, con apenas veinte años y la cabeza tan llena de sueños como ahora, miraba al firmamento y sonreía ansiosa, cuando una nueva aventura tamborileaba en mi cabeza. Todavía hoy siento esa creciente excitación ante la abierta puerta a mis mundos. Esos donde moran otras vidas. Todavía hoy se me encoge el corazón y hormiguea mi estómago cuando una nueva historia invade todo mi ser. Porque eso es justamente lo que sucede, me invade, me conquista y me rinde a su capricho. Y yo dejo que me zarandee y me desgarre, y me lleve a otras pieles, otras épocas, otras vivencias, algunas vividas, otras quizá por vivir.

Pero aunque la esencia permanece, tan pura e intocable como entonces, yo no soy la misma. Es imposible que lo sea. Desde que mi lobo me abrió las puertas del mundo editorial, he vivido muchas cosas, y en apenas cuatro años, he descubierto cosas de mí que no sabía y cosas de los demás que no imaginaba. Y ambos descubrimientos me han reforzado.

Para alguien que pasó toda su vida escribiendo, por absoluta necesidad, sin más ambición que la de liberar mis inquietudes, el pensamiento de llegar a publicar apenas se dibujó en mi cabeza como una borrosa quimera inalcanzable. Fantaseaba sí, cómo imagino que lo harán todos, con ser bestseller y atravesar fronteras. A veces era mi particular oasis, dónde me permitía creer que ese día llegaría. Pero como todo en la vida, los sueños solo se cumplen si se luchan, si nos equipamos con escudos de paciencia y tesón, y nos armamos de ingenio e ilusión. Y este sueño, además, tiene un condicionante que frustra peligrosamente. Que por mucho que se luche, por mucho que apretemos los dientes, por mucha piel y corazón que nos dejemos en cada trabajo, no todo depende de nosotros.

Y hasta comprender eso, no podemos entender que finalmente nuestro sueño está más en otras manos que en las nuestras, y es en ese preciso momento cuando decides que sólo hay una opción para poder alejar la frustración o la impaciencia, o la tensa expectación por saber si nuestros astros se alienaran algún día. Y esa solución es la más sencilla, lógica y primordial: disfrutar de lo que hacemos, del camino en sí y no de la meta. Dejar de preocuparnos de cada paso, solo darlo. Dejar de pensar si venderemos más o menos, o en qué puestos estamos, dejar de angustiarnos con una mala crítica o regodearnos en una buena. ¡Ser libres por fin, valorar por fin, gozar al fin, de estar, de ser y de sentir! Quedarnos con que hacemos lo que más nos gusta, en mi caso lo que necesito de manera casi vital, y disfrutar de lo único que merece la pena de todo esto. Ese anexo que acompaña a este profesión y que es la mayor recompensa de todas: el cariño del lector.

Un anexo que me maravilló desde el principio. Un plus que jamás imaginé y que por fortuna crece: las maravillosas personas que me topo por el camino, algunas ya grandes amigas que llevaré siempre en mi corazón. También las vivencias, algunas únicas que enriquecen este sendero. Y así, descubrir que publicar es tan sólo el principio del camino, que la meta no es llegar sino mantenerse. Que cada paso conduce al crecimiento personal y literario y que independientemente de donde me lleven mis pasos, todos y cada uno habrán sido disfrutados con toda esa libertad que da saber que no todo está en mi mano, pero que lo que está lo puso mi corazón.

Sea lo que sea de mí, jamás podré decirme que no lo di todo. Y aquí sigo, andando, sintiendo la brisa en mi rostro, sonriendo serena y segura, mirando al frente con optimismo y gratitud, sintiéndome plena y sobretodo libre. Libre para mirar atrás a esa mujer que fui y que nunca más seré, y adelante, en busca de esa mujer que espero ser. Sin perder la sonrisa, ni la ilusión, ni las fuerzas, pues ya no me importa que el camino sea largo o corto, lo importante es andar.

Sé que me caeré mil veces, y lloraré otras cuantas, sé que sufriré y me angustiaré o me detendré jadeante hasta recuperar el aliento, pero nada de eso me frenará, porque estoy en el camino que elegí. Y lo recorreré mientras me quede aliento. Sé que me acompañáis y alentáis, como vosotros sabéis que me dejo encontrar.

Miro atrás sí, porque eso agranda mi sonrisa y aumenta mis fuerzas.

caminar

A caminar!!!

 

 

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Prólogo de Meretrice, (lanzamiento 4 de mayo del 2017, con Martinez Roca, Grupo Planeta) Narrativa contemporánea.

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Prólogo de Bruma Azul

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Epílogo extra de Esclavo de tus deseos

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Epílogo extra de Los tres nombres del lobo, “Cuando el corazón despierta”

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SÁLVAME DE TI….. EPÍLOGO….IL PARADISO….57..

Una tersa brisa, perfumada de lavanda y jazmín, tibia y lánguida, recorre mi piel con el tierno mimo de una caricia materna.

Tumbada en la hamaca colgante de nuestro patio trasero, contemplo como la luna pinta un sendero de plata chispeante sobre el mar, un sendero que se estrecha hasta perderse en el horizonte. Cierro los ojos y aspiro hondo, inhalando la cautivadora fragancia que pende sobre el patio. Una sonrisa plácida curva mis labios.

El relajante rumor de las olas y el tarareo de Liam mientras prepara la cena, es cuánto escucho y cuánto anhelo oír.

El suave vaivén de la hamaca me insta irremisiblemente a entrar en una acogedora duermevela. A mi alrededor, se enredan las buganvillas y se mecen las rosas, arrulladas por el tenue susurro del viento.

Fue fácil ponerle nombre a nuestra nueva adquisición “Il Paradiso”, una villa al más fiel estilo mediterráneo, al final de Via Tragara, elevada sobre la pendiente del monte Solaro en la hermosa isla de Capri. Un trocito de paraíso en la tierra, nuestra recompensa al dolor y a la lucha.

—No, preciosa, no voy a permitir que te duermas, por mucho que adore mirarte hacerlo.

Abro los ojos y sonrío ante la visión de Liam apoyado en el dintel de la puerta. Lleva una camisa blanca, un chaleco negro, unos vaqueros desteñidos de cintura baja y una mirada enamorada que me desarma.

—¿Y cómo vas a impedírmelo?—susurro retadora.

Se acerca a mí, con expresión pendenciera, sonrisa ligeramente inclinada y paso felino.

—Se me ocurren muchas manera de impedírtelo, pero todas enfriarían la cena. Y mis pappardelle al vongole, merecen que disfrutemos de ellos, aunque me urja llegar al postre.

Se arrodilla ante mí y posa sus labios sobre los míos, acariciándolos en un beso suave.

—¿También has hecho postre?—murmuro hundiendo mis dedos en su cabello.

—Ya venía hecho, lo tengo enfrente.

Acerco su rostro y tomo sus labios paladeándolos con sensual indolencia. Me deleito en su sabor, me sumerjo en su influjo y gozo de cada roce. Liam deja escapar un hondo y ronco gemido que eriza mi piel. Todos mis sentidos despiertan a la consabida excitación que su sola presencia provoca en mí.

—Mmmm….nena—jadea—no pares…

—¿Y los pappardelle?—susurro contra sus labios.

Se separa apenas para apartar la falda de mis vestido de organza y hundir su mano entre mis muslos. Su tacto me estremece, siento ascender su mano arremolinando la blanca tela alrededor de su brazo y me envaro anhelante ante su encendida mirada hambrienta.

—Tendrán que esperar, me has obligado a empezar por el postre.

Dejo escapar una risita lujuriosa y entrecierro los ojos cuando siento sus dedos acercarse lentamente a su destino.

—Y ahora, pequeña provocadora, vas a tener que cantar para mí en sotto voce, o despertarás a nuestra dulce Ada.

Nuestra dulce Ada, es un bebe de apenas seis meses, réplica exacta de su padre, risueña e inquieta, pero con un sueño tan ligero que nos obligaba a andar de puntillas y hablar en susurros cómo si fuéramos ladrones.

—No sería la primera vez—rezongo melosa.

—Ni creo que sea la última.

Deposita un beso en la base de mi cuello y desciende por mi escote, al tiempo que su mano asciende de nuevo.

Estrangulo un gemido con el dorso de mi mano y me arqueo elevando las caderas.

—¡Dios, voy a sufrir..!

Liam alza el rostro y me regala una sonrisa lujuriosa. Sus afilados ojos de gato refulgen con promesas de un placer infinito.

—No, amor mío, vas a tocar el cielo, para luego bajar al paraíso, cenar, darte un baño en la piscina y dormir hasta que un ángel te despierte.

—No es mal plan.

Liam deja escapar una risa que sofoca de inmediato con su mano.

—Es lo menos que puedo hacer por alguien que me salva la vida a diario—murmura afectado.

Sus ojos adquieren una gravedad conocida, una intensidad tan abrumadora que casi puedo palpar el halo que desprende. El torrente de amor que emerge de él con la fuerza de un ciclón me envuelve con tal fuerza que siento como mi corazón se desborda con igual fuerza.

Sí, el destino nos zarandeó, la vida nos sacudió y la muerte nos persiguió, pero no cambiaría nada de lo llorado, de lo sufrido y de lo luchado, si esta era nuestra recompensa.

A veces, cuando la negrura más opresiva parece atraparnos, cuando la desesperanza nos ancla, cuando el dolor nos fustiga, es difícil creer que la oscuridad la rompe un débil rayo de luz, que la desesperanza la debilita una tímida sonrisa, y que el dolor lo borra un beso.

Liam atrapa mi boca, pero ya no hay dulzura en ella, no, sino una pasión tan arrolladora tan famélica, tan desesperada, que me encoge el estómago y acelera mi corazón.

Y como tantas otras veces, la noche se diluye, la luna desaparece, el mundo pierde consistencia y una sola cosa nos sostiene….nuestro paraíso.

FIN

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