“SÁLVAME DE TI” Otra vez tú… (4)

El pesado tráfico se aglutinaba en la avenida principal de la ciudad, taponando cada bocacalle. El estruendo de las bocinas quedaba algo amortiguado por el volumen de la radio que el taxista se empeñaba en aumentar, para mi completa desesperación. Al menos, sonaba una canción que me gustaba, “Animal” de Neón trees , del álbum Habit. El taxista, como no, un hierático hindú, conductor emblemático de Nueva York, comía una barrita energética con una mano, mientras rebuscaba algo en la guantera con la otra. Era la primera vez en mi vida que veía a alguien conducir con los codos, y francamente recé para poder llegar a mi entrevista de trabajo intacta y para no volver a ver algo así.

Un bocinazo a mi izquierda me envaró en el asiento, si la ducha no me hubiera despertado suficientemente, sin duda esta experiencia, no apta para cardíacos, lo habría hecho. Nerviosa, miré mi reloj, eran casi las 8, y todavía estábamos a unas manzanas de las oficinas donde la tan esperada entrevista me aguardaba.

-¡Por favor, llego tarde!-exclamé preocupada.

Al punto me di cuenta de aquel craso error. El taxista se volvió completamente y sonriendo murmuró:

-Agarrase señorita.

Una indicación tardía, pues yo ya estaba anclada a cualquier cosa que sirviera de sujeción, cómo si en lugar de ir en un coche, fuera en un helicóptero fuera de control.

El taxista, de nombre impronunciable, aceleró de forma súbita, chillando ruedas, y se coló en el carril del autobús. Pasamos como una centella sobre las bocanadas de vapor que escapan de las alcantarillas, aquel efecto nebuloso, me hizo creer que entrabamos en otro mundo, uno de otra dimensión, de una aterradora. Ya quisieran muchos parques de atracciones, una experiencia la mitad de parecida.

Dejé escapar un grito de pánico absoluto, cuando giró a la derecha y casi colisionamos con una furgoneta de reparto que parecía salir del mismísimo París- Dakar. En ese preciso instante supe que acababa de perder al menos cinco años de vida.

Por fin, se detuvo frente a la entrada del edificio de oficinas, cuando me apee con la mano aleteando nerviosa sobre mi pecho, reprimí el impulso de  tirarme al suelo y besarlo, como su santidad. Divertida se me ocurrió que tal vez lo hacía porque su avión lo pilotaba un alocado hindú.

Atravesé a la carrera las puertas giratorias, y en mi precipitación se me escurrió de las manos el portafolio.  Los papeles, currículum, y demás exigencias, se desparramaron por los pulidos suelos de mármol de la impoluta y lujosa recepción.

-¡Mierda, joder!

Me agache con dificultad, la falda de tubo de mi traje de ejecutiva, me restaba movimiento. Una mano, grande y cuidada, me acercó algunos papeles, musité un gracias apresurado sin apenas volverme, terminé de recoger, me incorporé y corrí a los ascensores.

Para completar la tanda de contratiempos diarios, el ascensor me llevó al último piso. Las ocho y diez. Estaba perdida, estos malditos psicólogos, asocian la impuntualidad como una falta de educación, en lugar de pensar que a veces las cosas escapan de nuestro control. Para colmo de males, en la carrera,  mi constreñido moño se había aflojado, sudaba y mechones sueltos se pegaban a mis mejillas. La suerte parecía no acompañarme y necesitaba desesperadamente ese trabajo.

Cuando por fin irrumpí en la consulta del psicólogo, donde debía pasar la entrevista, me sorprendió escuchar una de mis canciones favoritas “Like a star” de Corinne Bailey Rae. En cualquier otro sitio hubiera cerrado los ojos para disfrutar de cada tono.

-¡Siéntese!

Me dirigí a la silla y obedecí. Frente a mí, una gran mesa de despacho, y tras ella, un mullido sillón de piel vuelto hacia el gran ventanal, que ofrecía unas espectaculares vistas de los rascacielos. Mi entrevistador parecía estar más interesado en ellas que en mí, pues tardó en volverse.

-¡Buenos días, torpe salvadora!

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ESCRITORA ROMÁNTICA
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