“SÁLVAME DE TI” Vuélveme loca…(10)

Llegamos a su habitación sin apenas despegar nuestras bocas.

Cerró la puerta de una patada y me estampó contra la pared del pasillo, junto al recibidor. Nos devorábamos cómo si no hubiera un mañana, cómo si el Apocalipsis planeará sobre nuestras cabezas, cómo si el suelo bajo nuestros pies temblara sacudido por un terremoto implacable, y en verdad así nos sentíamos, éramos pura hambre, pura desesperación.

Una necesidad casi primaria nos sacudía sin piedad, con fuerza desatada. Le había entreabierto la puerta a una sensual brisa susurrante que se había trocado en un brutal viento huracanado, devastando mi interior, barriendo hasta el más débil rastro de conciencia, anulando hasta última brizna de remilgamiento y sembrando al mismo tiempo una pasión arrasadora.

Me devoraba cómo una infame alimaña famélica. Me arrancaba la ropa casi con brutalidad, y yo le imitaba, buscando con enloquecedor ímpetu, la cálida tersura de su piel. Sus expertas manos acariciaban con hosquedad cada contorno, cada curva, cada rincón. Agarró mis pechos, estrujándolos con vehemencia, con el pulgar frotaba mis endurecidos pezones. Gemí sierva de un placer corrosivo que encendía hogueras por doquier en mi interior. Su boca tomó mi cuello,  y yo me anclé a sus hombros, clavando mis dedos en ellos.

-Me vuelves loco…-susurró entrecortadamente- y voy a vengarme.

-Adelante- musité entre jadeos-….vuélveme loca.

Enredé mis manos en su melena, las afiancé allí, tiré suavemente y lo obligué a mirarme, retándolo con una sonrisa tentadora.

De repente, acuciado por mi sugerente expresión, me alzó por la cintura y me encaramó a él. Instintivamente enlacé mis piernas a su cintura y en el centro mismo de mi deseo, donde el calor rivalizaba con el mismísimo centro de un volcán en erupción, sentí su acerada dureza. Un deseo pesado y oscuro tiró de mí. Sentí la sangre licuarse en mis venas, cada terminación nerviosa de mi piel despertó con el brío de una rosa que se abre a la primavera.

Su boca saqueó la mía, cómo un vil corsario, sin cuartel, sin condiciones, sin tregua, y yo no sólo me rendía ante aquel asalto, sino que entregaba gustosamente el botín.

Me lanzó sobre la cama, y me sonrió con un zorro solapado, aquella mirada depredadora me secó la garganta.

Se deshizo raudo de la camisa, a la que le faltaban casi todos los botones, descubriéndome un pecho poderoso, de marcados pectorales, unos hombros abultados, unos abdominales trabajados, y unos oblicuos que se perdían en la baja cinturilla de su ligero pantalón, iniciando un camino turbador hacia su abultada entrepierna.

-No voy a dejar nada de ti, preciosidad- prometió relamiéndose.

Contuve la respiración cuando se abalanzó sobre mí. Me tomó por las muñecas y las sujetó con una mano sobre mi cabeza. Aquella inmovilidad incrementaba mi excitación. De nuevo apresó mis labios con ferocidad, su lengua arrancaba constantes gemidos sofocados. Su otra mano acariciaba cada centímetro expuesto de mi piel, enloqueciendo mis sentidos. Mi cuerpo ondulaba bajo él, inquieto y exigente. Ciega de pasión, mordía, lamía, besaba, succionaba, demostrándole que la presa se había convertido en una digna rival.

Cuando su boca me liberó de su yugo, descendió hambrienta por mi cuello, mi clavícula, hasta llegar a mi hombro que mordisqueó juguetón. Lenta, muy lentamente, se deslizó hasta mi pecho y tomó en ella mi erecto y ansioso pezón. Jadeé y me mordí el labio acuciada por oleadas de calor. Lo saboreó concienzudamente, elevando mi placer a cotas inimaginables, abrasando mis sentidos.

Me retorcí agónica bajo él, momento que aprovechó para acomodar su posición entre mis piernas. Acarició mi muslo, arriba y abajo, con la punta de sus dedos hasta que se detuvo en mi cadera. De pronto, aferró la delgada tira de mi tanga blanco y tiró bruscamente de él, rasgándolo. Ahogué un gemido sorprendido.

Su mano se coló entre mis piernas y sin dilación, aunque con extrema delicadeza acarició el centro mismo de la locura.

Mi humedad era el claro baremo de mi alto nivel de excitación, le deseaba con una fuerza arrolladora. Dejé escapar un gemido contenido cuando sus dedos repasaron mi cálida y mojada hendidura, y se detuvieron en el inflamado botón de mi deseo.

-¡Mírame!- exigió.

Su intensa y refulgente mirada plateada se hundió en la mía.

-Vas a deshacerte de placer ante mí, voy a beberme el fuego de tus ojos y a saborear la fuerza de tus gemidos. Vas a ser mía como no lo has sido de nadie.

Trémula, anhelante y sofocada, asentí.

Entonces le reconocí, era mi dueño, y yo su esclava, esclava del placer.

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ESCRITORA ROMÁNTICA
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