“SÁLVAME DE TI” Mi dueño…(11)

Calor, escalofríos, placer….

Su diestra mano abrió mis suaves pliegues, permitiendo con hábil maestría introducir en mi interior dos de sus dedos al tiempo que su pulgar masajeaba el epicentro de mi particular y devastador seísmo.

Jadeé,  gemí, me retorcí, sometida por oleadas de placenteras acometidas de puro fuego. Involuntariamente, alcé las caderas, deseando más,  pero él me inmovilizaba con su peso, y permanecía estático, completamente atento a las expresiones de mi rostro, absorbiendo con deleite el placer que me otorgaba.

–Así, preciosa, goza para mí–murmuró contra mi boca.

Su cálido aliento me incita a tomar su boca, pero él se retira, ofreciéndome a cambio una perturbadora y excitante sonrisa.

–Ahora, yo tengo el control–replicó sensual.

Su mano estaba acabando con mi cordura, en mitad de un gemido largo y agónico, incliné la cabeza hacía atrás sintiendo cómo un implacable y violento orgasmo me rompía en dos. De pronto, él mordió mi cuello con posesión, aquello alargó mis convulsiones, desgarrándome.

Mis cálidos fluidos brotaron incontenibles y él sonrió satisfecho.

Entonces me besó hasta dejarme sin respiración, su voracidad enervó de nuevo el deseo que creí equivocadamente colmado.

–Voy a devorarte–susurró con voz ronca y un brillo incitante en su hipnótica mirada.

Me mordió le labio inferior, tiró suavemente de él, regalándome una sonrisa cautivadora. Sacó su lengua y la pasó por mi barbilla, descendiendo por mi garganta, depositó un beso en la base del cuello. Tras una leve pausa para mirarme nuevamente, con aquella intensidad, que despertada en mí un huracán de sensaciones, continuó su particular rastro de besos húmedos y candentes por mi piel.

Noté los pechos pesados y altivos, casi suplicantes por su atención, la febril espera concluyo, cuando la punta suave de su lengua acarició fugazmente uno de mis pezones, rígido, constreñido por un placer desquiciante.

Gemí, entonces él lo apresó entre sus dientes y lo succionó con frenesí. Su lengua pasaba de un pecho a otro con hambre desatada, convirtiendo mi sangre en lava, mi anhelo en una desgarradora desesperación, mi cuerpo en sus rendidos dominios.

–Voy a soltarte, ahora quiero que te agarres al cabecero de la cama y que cierres lo ojos.

Liberó mis muñecas y yo, complaciente, le obedecí.

Sentí entre mis dedos los fríos barrotes negros de la ornamentada forja que conformaba el cabecero. Casi me sorprendió que el contacto no produjera una vaharada de vapor ante la diferencia de temperaturas, pues yo me había convertido en un tizón candente.

Sentí un escalofrío recorrerme cuando su lengua descendió sinuosa por la planicie de mi vientre, rodeó mi ombligo y hundió su lengua juguetona en él. Dejé escapar un suspiro, a continuación retomó su rumbo, lentamente, alargando intencionadamente el ansiado momento. Era un maestro de la seducción, un dios del placer, aquella dedicación no podía sino ensalzarlo con esa distinción. Sonreí para mis adentros, y me relamí. Mi interior se contrajo ante lo que se avecinaba.

Beso a beso, culminó en mi depilado monte de Venus, con un suave mordisco que me erizó la piel.

Con suavidad, tomó mis rodillas y las abrió, y sin más preámbulos hundió la cabeza en mi excitada entrepierna.

Su lengua barrió arriba y abajo mis labios, dedicando especial atención al ya inflamado y agonizante fruto sonrosado que enloquecía mis sentidos.

–Eres deliciosa.

Y su electrizante lengua entró en mi con vigor, reclamando su recompensa. Lamió, mordisqueó, succionó, acarició, penetró, sumergiéndome en un paroxismo tal, que mi cuerpo ondulaba suplicante sobre el colchón, que mi garganta se desgarraba en entrecortados gemidos, que mis manos se crispaban contra los barrotes, y hasta la planta de mis pies se arqueaban, cómo si un relámpago atravesara todo mi cuerpo, descargando en mí la fuerza de un tormenta estival.

Un grito liberador escapó de mis labios anunciando mi climax.

El placer me catapultó hacia el infinito, miles de puntitos de colores brillantes flotaban ante mí, ya no estaba sobre un colchón, no, estaba en una nube esponjosa y suave suspendida en la nada.

Una enorme sonrisa complacida asomó a mi cara.

Él alzó la cabeza y me contempló extasiado, a continuación negó con la cabeza, con una media sonrisa maliciosa curvando sus tentadores labios.

–Aún no he acabado contigo, pequeña.

–No–musité–ni yo contigo, ahora mando yo.

Amantes15454

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ESCRITORA ROMÁNTICA
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