“SÁLVAME DE TI” Salto al vacío….15

No supe muy bien que fue lo que despertó mi instinto. Pero supe en el acto que algo andaba mal.

La luna todavía plateaba sus dominios en plena madrugada, permitiéndome comprobar que estaba sola en la cama.

Me incorporé, me restregué los ojos y fijé mi atención en la cerrada puerta del baño, nada evidenciaba que Liam se encontrara allí. Ni el hilo dorado de su contorno por una luz encendida, ni ningún sonido familiar. Así pues, me deslicé de la cama y me encaminé intrigada a nuestra terraza.

Positano dormía al abrigo de aquellas majestuosas montañas, en el mar se abría un sendero de nácar que llevaba a un horizonte inalcanzable, y que sin embargo incitaba a seguirlo por su cautivadora belleza. Un paisaje que prendía el alma y te atrapaba en su hechizo, no obstante y a pesar de estar apoyado en la barandilla, el hermoso hombre que me daba la espalda no lo contemplaba.

Tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, la espalda algo encorvada, los hombros rígidos, y los puños crispados en torno a la balaustrada. Además, eran visibles los espasmos que intentaba contener. Sufría.

Corrí hacia él.

–¡Detente! No te acerques– casi gimió con el rostro congestionado.

Frené en seco y lo contemplé perpleja. A pesar de no volverse completamente, pude ver un dolor atroz en su rostro.

–¡Dios mío! ¿Qué te sucede?

Con los dientes apretados y las bellas facciones contraídas en una mueca agónica,  alargo el brazo para detenerme y siseó:

–Vuelve a la cama, estoy bien.

–Y una mierda–respondí y me acerqué a él– Ahora mismo llamaré a un médico.

Sacudido por otro espantoso espasmo, se inclinó súbitamente y se dejó caer de rodillas. Me abalancé sobre él, e intenté incorporarlo. Angustiada y asustada comprobé que era incapaz de moverlo yo sola. Decidí dejarlo tumbado en el suelo de frías baldosas de barro cocido y corrí hasta la habitación para pedir auxilio.

–¡Eva! Ven, te lo ruego.

Su voz debilitada y su respiración jadeante me estrujaron el alma.

–Voy a pedir ayuda, será sólo un momento.

–¡No! nadie puede ayudarme, sólo tú.

Alargó el brazo suplicante. No hizo falta más, volví a su lado y lo abracé reprimiendo las ganas de llorar.

–Pronto pasará–me aseguró convencido– Túmbate junto a mí, abrázame y deja que acaricie tu cabello.

–Pero…–repliqué preocupada, Liam silenció mis labios con la punta de su dedo indice.

–Pero nada–insistió– Este viejo dolor y yo ya nos conocemos, aunque dudo que logremos ser amigos.

–¿Y lo combates sólo con tu testarudez?– Inquirí ceñuda a modo de reprimenda.

Me acomodé junto a él, apoyando cuidadosamente la cabeza en su pecho. Liam sumergió sus dedos entre mi pelo.

–No soy tan valiente–confesó con un deje de ironía– Ya tomé mis calmantes.

–Quien lo diría.

–Esas dichosas pastillas no son tan pertinaces como el dolor, y me niego a tomar algo más fuerte.

Permanecimos así durante un buen rato, agradeciendo el calor del otro, y contemplando un bellísimo cielo estrellado. En la laxitud de su poderoso cuerpo observé que el dolor remitía y mi desasosiego con él. Me atreví a estrecharlo con más fuerza, y aunque la curiosidad cosquilleaba mi lengua, logre contenerla, o mejor dicho postergarla por miedo a romper aquel beatífico instante de paz suprema. Parecía que el universo nos envolvía y nos elevaba, cómo si estuviéramos solos en él.

–Tu abrazo es el más potente de los analgésicos–musitó al tiempo que acariciaba mi espalda y besaba mi cabeza.

Alcé el rostro y lo miré con reproche.

–¿Es así cómo pretendes que no me enamore de ti?

Liam rió, y ese sonido se me antojó música celestial.

–Sólo estaba pensando en convertirte además, en mi enfermera particular, seguro que estás muy sexy con el uniforme.

–Bueno, estoy abierta a ofertas.

De repente Liam me giró y rodó sobre mí, apresándome entre sus brazos.

–Pon tú las condiciones– murmuró, frotando su nariz en mi cuello.

–Quiero saber las razones–contesté– Quiero saber por qué me ofreces un escudo y bajas el tuyo.

En la oscura y penetrante mirada del hombre brilló una amargura que me desgarró, para atenuarla logró sonreír y negó con la cabeza.

–Ya lo mencioné: No puedo ofrecer nada…pero sí tomar, y tu preciosidad, eres justo lo que necesito. Puede parecer egoísta, y sin duda lo es, pero nadie puede acusarme de engañar. Como dijiste, pongo las cartas sobre la mesa y no guardo ases en la manga, digamos que soy un jugador de poker pésimo.

Acaricie su rostro con pausada dulzura, y le sonreí a mi vez. Tras una semana intensa, cómo amantes, colegas, amigos, cómplices, el famoso escudo se resquebrajaba aún a sabiendas que la estocada sería mortal. No obstante, no me importó, ni la celeridad con la que se desarrollaba todo, ni la falta real de expectativas en una relación ya condenada con antelación. Pero cómo mi madre solía decir: Un corazón herido se cura, un corazón protegido se convierte en piedra, y nada me aterraba más que sucumbir a la mirada de medusa. No, sufrir era una parte inevitable de la vida, y una parte que dotaba de más valor al resto de experiencias. ¿Saltar al vacío de vez en cuando? ¿por qué no?

positano 2

 

 

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Acerca de nerolloil

ESCRITORA ROMÁNTICA
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