“SÁLVAME DE TÍ” Cautivos…17

Atravesamos la bellísima recepción del Hotel La Scalinatella sumidos en un tenso silencio.

Fuimos conducidos a una suite espectacular, de enormes dimensiones, paredes blancas, cama blanca, suelo de baldosas de barro, y mobiliario tapizado en un azul intenso, sofás, sillas, hamacas, muy al estilo Capri. Por supuesto con una terraza amueblada con vistas al mar. Las vistas cortaban la respiración. A pesar de estar situado a escasos 400 metros de la Piazzeta di Capri, famosa por sus modernas cafeterías de ambiente selecto, el hotel estaba situado en un enclave privilegiado, rodeado de vegetación  y en la cima de una montaña, lo que le confería un toque íntimo y relajante.

Anochecía. Un cielo teñido de púrpuras, rosas y cobres, mezclados burdamente, cómo la confusa paleta de un pintor caprichoso, ofrecían el recibimiento más cautivador que podía imaginar. Hechizada por aquel mágico ocaso, caminé hacia la barandilla blanca, cerré los ojos y aspiré la sutil fragancia de la lavanda y el romero. Tras de mí, Liam agradecía con una nutrida propina  el atento servicio del botones.

Sabía que estaba molesto por mi inesperada cita con otro hombre, pero no iba a ser yo quien sacara el tema. En esta peculiar “no relación” plagada de secretos y barreras, no se había pactado en ningún momento la exclusividad.

Abrí los ojos cuando escuché sus pasos acercarse. Se puso a mi lado y contempló extasiado el sugerente atardecer.

–Es lo más hermoso  que he visto nunca,– clavó su felina mirada en mí y añadió:–con algunas excepciones claro.

Sus ojos se posaron en mis labios, y sentí un hormigueo recorrer mi piel. Se inclinó lentamente con semblante decidido, y yo retrocedí.

–Todavía no ha anochecido–le recordé.

Liam frunció el ceño, me sujetó bruscamente por los hombros y me pegó a su pecho.

–Cada vez se me hacen los días más largos, y las noches más cortas– susurró en tono grave.

–¿Y tengo yo la culpa de eso?

–Absolutamente, toda la culpa.

Y sin dilación su boca cayó sobre la mía. Su lengua, invasora, ruda y desesperada, rodeó la mía, buscando incansable un alivio a su agonía. Exploró el interior de mi boca, lamió, succionó, paladeó cada rincón, despertando un anhelo enloquecedor. Respondí febril a su demanda, devolviendo cada caricia, batiéndome apasionada en aquel duelo excitante, luchando por tener el control, por desbancar al contrincante, sometiéndolo, exigiendo su total rendición. Liam gemía enardecido,  sus manos volaban toscas por mi cuerpo,  liberando mi piel de tela. Tras un ronco y sensual gruñido, me tomó en brazos y me llevó a la enorme y nívea cama. Me lanzó sobre ella sin contemplaciones.

Se desabrochó torpemente la camisa y se deshizo apresuradamente de los pantalones mientras me dedicaba una depredadora mirada. Su escultural torso de músculos bien definidos y subyugadores oblicuos que se perdían en la cinturilla de sus boxers negros, me robaron el aliento, secando mi garganta y acelerando mi pulso. Un mechón de su negro cabello ocultó parcialmente su ojo derecho, asalvajando su ya acentuada masculinidad animal. Ansiosa y excitada, comencé a deslizar los tirantes de mi liviano vestido estival.

–No–su voz era áspera y exigente–Quiero desnudarte con los dientes.

Reprimí un escalofrío de puro placer. Una leve punzada cosquilleó mi bajo vientre cuando se cernió sobre mí avanzando a cuatro patas. Exhalé un sorpresivo jadeo cuando mordió uno de mis pezones a través de la finísima tela, lo lamió endureciéndolo, lo succionó mientras me retorcía gustosa. Alce las caderas provocándolo, rozando mi pubis contra la rigidez de su deseo, y él ascendió hasta mi cuello, pasando su lengua hasta mi mandíbula.

–Nunca tengo suficiente de ti–jadeó enronquecido– Jamás he deseado nada con tanta fuerza, y sin embargo, sé que debo liberarte, sólo de pensarlo me duele el alma.

–Creo que ambos somos cautivos del otro–musité–y yo no voy a soltar mi presa, por mucho que se resista.

Una carcajada profunda y grave emergió de la garganta del hombre, acariciando mis oídos.

–Nunca dejas de sorprenderme–Sus ojos refulgían pícaros y retadores–pero, ¿por qué retener una presa, cuando tienes tantas a tu disposición?

–Tal vez puedas darme una razón ahora mismo–respondí incitadora.

Se abalanzó posesivo sobre mí. Su boca de nuevo apresó la mía, sus manos encendieron descontroladas hogueras, su cuerpo se cernió sobre el mío exaltando mis sentidos, obnubilando mi razón, estremeciendo mi alma. Húmeda, ávida e impaciente, el animal que tenía sobre mí se concentró en dejar su huella.

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ESCRITORA ROMÁNTICA
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