“SÁLVAME DE TI” Enfermera a domicilio…22

Eran las tres de la madrugada cuando el taxi me dejó en la puerta de su apartamento.  

Una lluvia fina, chapoteaba suavemente sobre el pavimento, desprendiendo un aroma a ozono y a humedad que adoraba. El gorgoteo de su cauce por las alcantarillas se mezcló con el incesante ritmo de la ciudad, bocinas, sirenas, el amortiguado retumbar de la insomne Manhattan reverberaba a mi alrededor, en una melodía urbana cautivadora.

Ascendí las escaleras del soportal de dos en dos, acuciada por la impaciencia, envuelta en mi larga gabardina. Reprimí un escalofrío, no iba precisamente vestida para una noche lluviosa, sonreí para mis adentros, sintiendo contra mi piel el liviano tejido de mi disfraz de enfermera sexy, el roce del liguero de organza en mis muslos y caderas resultaba extremadamente erótico. Envueltas mis largas piernas en seda y rematadas por unos sugerentes zapatos de tacón alto me regodeé ante la sorpresa que Liam estaba a punto de recibir.

Me detuve ante su puerta y saqué un juego de ganzúas, aquello sí resultaba pérfido, pero no tenía las llaves de su apartamento y estaba segura de que no me abriría la puerta. Manipulé con destreza en su cerradura, no en vano mi padre había sido un gran cerrajero, allí en mi querido Madrid, suspiré ante su recuerdo. Inclinada y concentrada, no tardé en oír el click del pestillo. Chasqueé triunfal la lengua y me adentré sigilosa en el recibidor.

Caminé de puntillas hasta la puerta entornada de un dormitorio, rezando para que se encontrara allí. Me deslicé dentro del cuarto, por fortuna la enorme luna llena de esa noche, junto con la mortecina luz de una farola cercana a los ventanales, perfilaron con claridad a Liam tumbado boca arriba, con un brazo cubriendo sus ojos, dormía, pero no plácidamente. Pude percibir la tensión en su postura y la inquietud que rezumaba, por la brusquedad de sus movimientos agitados. Parecía preso de alguna pesadilla.

Me desaté el cinturón de la gabardina gris perla y la deje caer a mis pies, Contemplé mi reflejo en el espejo de pie situado en una esquina junto a la ventana. El traje de enfermera, corto y ceñido a cada una de mis curvas era algo más que revelador, por el bajo del vestido asomaban incitadoras las pinzas del liguero sujetando mis medias. Mis pechos, opulentos y oprimidos por un corsé de encaje blanco, asomaban por el abierto escote desabotonado, una cruz bordada destacaba en un bolsillo lateral. En mi mano sujetaba un maletín, que simulaba ser un botiquín portátil, pero que albergaba exóticos juguetes sexuales: esposas, antifaz, un atizador rematado en plumas, lubricantes de sabores, y diversos complementos para volverlo loco de placer.

Mi largo cabello negro, recogido en una coleta alta, lucía una cofia de enfermera antigua que le confería al disfraz un toque divertido.

–¿Señor O’Sullivan?–inquirí en voz alta y autoritaria.

Cómo un resorte, se incorporó abotargado y confuso. Clavó sus ojos en mí, asombrado, los abrió de par en par, aturdido se los frotó y volvió a mirarme incrédulo.

–Es la hora de su cura–manifesté con una sensual sonrisa.

–¿Qué demonios….

–Sé que no quería una enfermera, señor O’Sullivan, pero me he permitido el atrevimiento de ofrecerle mis…particulares servicios.

Esta vez sonrió y me recorrió lascivo con la mirada, sentí el fuego de sus ojos acariciándome, contuve el aliento expectante.

–¡Dios mío, estás….arrebatadora! ¿Te has escapado de mis sueños? ¿realmente estás aquí?

Comencé a desabotonarme el vestido lentamente, incitándolo con cada grácil movimiento.

–Sí, estoy aquí Liam, y no pienso marcharme de tu lado–susurré con determinación–¿Piensas hacer algo al respecto?

Liam se puso en pie, sólo llevaba el pantalón del pijama que se deslizaba peligrosamente cadera abajo. Su amplío y fuerte pecho me invitaba a cobijarme en él, pero me mantuve inmóvil, quería que él viniera a mí.

Sus ojos, depredadores y fieros, ardían. Con movimientos felinos y ávidos se plantó frente a mí, el deseo palpitaba implacable entre los dos. Alcé el rostro y lo encaré entreabriendo tentadora la boca.

–Es una enfermera osada y provocadora, por no mencionar que acaba de allanar un domicilio privado, eso señorita Ferrer, tiene un severo castigo que pienso imponer de inmediato.

–Estoy impaciente–admití relamiéndome.

Me estrechó fuertemente contra él, sus manos en mi cintura, mis pechos contra el suyo, su aliento en mi boca, su ardiente mirada enlazando la mía, me secaron la garganta. Una corriente de energía electrizante nos sacudió cuando la boca de Liam se apoderó de la mía. Mordió mi labio inferior y lo succionó con frenesí, me agarró por la nuca y apenas se separó para susurrar enronquecido:

–Luego no digas que no te lo advertí, vas a pagar cara tu intromisión.

Y de nuevo, cómo un lobo hambriento, devoró mi boca, mientras me apresaba las nalgas con apremio.

Entonces supe que sería una larga madrugada y que la enfermera sucumbiría complaciente ante el paciente, y muy dispuesta por cierto.

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ESCRITORA ROMÁNTICA
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