“SÁLVAME DE TI”……CONDENADAMENTE SUYA 31

Fue una noche larga y corta al mismo tiempo, una noche loca y dulce, una noche intensa y perezosa, una noche de contrastes. Los escalofríos de un placer desgarrador, aún recorrían mi cuerpo, como las olas retardadas que deja un tsunami, como la eléctrica brisa que precede a la tormenta, cómo el rumor del viento que anuncia la lluvia y como el resplandor de las nubes cuando el sol pugna por emerger impaciente, estallando en un amanecer prodigioso.

Mi cuerpo devastado y exhausto se sacudía trémulo, sensible incluso a la penetrante mirada del hombre que me había hecho condenadamente suya en cuerpo y alma. No necesitaba ya tocarme, ni besarme, para erizar una piel desgastada por mil caricias, ni para humedecer un deseo transido e inagotable, ni siquiera para afianzar en mi mente aquella noche memorable. No, sólo su presencia, su mirada eran suficientes para rendirme por completo a él.

Envuelta entre sabanas arrugadas y observada por él. Esbocé una sonrisa todavía hechizada, y alargué la mano para contonear su pronunciado mentón. 

—Creo que esto, puede considerarse secuestro—murmuré sumergiéndome en sus ojos.

Liam sonrió de medio lado, sus hermosos ojos felinos chispearon.

—Es que sin duda lo es, ya te dije que regresé por ti. Tenía pensado llevarme por delante a quién hiciera falta, incluida a ti.

—Necesito saber….

Liam sostuvo mi mirada un instante, su semblante adquirió gravedad y asintió casi imperceptiblemente.

—Es lo justo—admitió. Se recostó nuevamente, entrelazó sus manos bajo la nuca,  respiró hondo y clavó sus ojos en el techo de la habitación. Me perdí en sus abultados y poderosos bíceps y en las cautivadoras formas de su pecho, deseé recorrer su cuerpo con mis labios, de nuevo. Apoyada en un codo, me limité a contemplarlo, esperando sus palabras.

—Aquel día—comenzó en apenas un susurro quedo—el día que decidí salir de tu vida, estaba absolutamente convencido de estar al borde ya de la muerte. Me rendí a ella, cansado de luchar, y temeroso de arrastrarte conmigo. Me convencí de que era más fuerte que yo, estaba agotado, roto y debilitado y decidí aguardarla en un lugar remoto, donde nadie me llorara, ni se compadeciera de mi. Quería mirar a la muerte a la cara, insultarla con todas mis fuerzas, gritar cómo un animal y dejarme llevar. 

Suspiró largamente antes de poder continuar.

—Viajé a Thailandia, a la isla de Koh Lipe, una paraíso en la tierra. Me interné en la selva, en una cabaña aislada, desde donde contemplaba el paisaje más impresionante del mundo. Y ahí, rodeado de belleza, sólo y devastado por el dolor, enloquecí.

Sentí un nudo en la garganta, su mirada se oscureció, su ceño se frunció, sus labios se apretaron y su cuerpo entero se tensó ante los recuerdos.

—Mis alaridos, se confundían con los cantos de monos y aves, mis maldiciones con los rezos de los templos y mi llanto, con la feroz lluvia del monzón. Dejé de comer, y de beber, cuando el dolor me sacudía, salía casi desnudo a correr por la selva, arañado por la exuberante vegetación, hasta que mis piernas flaqueaban y el aire me quemaba en los pulmones. Entonces, caía derrotado entre los helechos, convulsionado por agudos accesos de dolor. Gritaba, pataleaba, y maldecía, mi única arma eran los insultos, te habrías asombrado de mi creatividad con ellos. Por lo general quedaba inconsciente, hasta que algo que reptaba por mi piel, una gota de lluvia mojaba mi rostro, o el largo chillido de un macaco hería mis oídos. Exhausto, me arrastraba nuevamente a la cabaña y rezaba por mi, porque aquella agonía no durara un día más. Evitaban cuánto podía pensar en ti, te alejaba de mis pensamientos, y ese empeño me desgastaba aún más. Sin embargo, aparecías en mis sueños, te veía junto a mi, sonreías con dulzura y pasabas tus dedos entre mi cabello, susurrándome que pronto pasaría todo. Y cuando despertaba con ese sueño fresco en mi cabeza, otra clase de dolor, me arrancaba las lágrimas más amargas.

Al cabo me di cuenta de que lloraba, lo hacía en silencio, temerosa de desviar su atención. Rogué tener las suficientes fuerzas para terminar de escuchar su relato. Me dolía el alma.

—Pasaban los días, pero la muerte no llegaba, comenzaba a desesperar, y decidí terminar lo que ya empecé una vez. Me encaminé hacia la playa y me adentré en ella, me fue imposible no pensar en ti. Esta vez no contuve mis pensamientos. Reviví instante a instante el día que te conocí. Cuando sentí que la marea me tragaba mar adentro, sonreí con alivio. Apenas recuerdo nada más, amanecí en la cama de una especie de hospital, pero sin paredes, sólo con mosquiteras. Tenía puesta una vía, y un monitor anunciaba repetitivo mi frecuencia cardíaca.

Dibujó en sus labios una sonrisa cínica, casi una mueca despectiva e insolente.

—Mi primer pensamiento fue que el jodido mar no me quería con él, y que la miserable muerte se divertía a mi costa. No tardó en presentarse un médico con dos enfermeras, los tres con una insoportable expresión compasiva en sus semblantes. Me dijo lo que ya sabía, y le pedí que me liquidara, así, cómo te lo digo, le supliqué: —¡Por dios máteme de una puta vez!—jajajajajaja, debiste ver sus caras. No hacía falta que me recordara que cómo budista veneraba la vida, así que me dieron varios consejos que ignoré y me largué. Me sentía cobarde, mezquino y débil. Leucemia mieloide aguda, unos meses,  me dijo el doctor, pero no cuántos.

Cerré un instante los ojos, intentando recuperar el aliento, luchando por sofocar los sollozos y buscando en mi interior la calma que necesitaba. Su calvario, me desgarraba.

—Viajé de nuevo, está vez al norte de Nueva Zelanda, a Rotorua, un lugar remoto, hermoso y salvaje,  apenas poblado, e imité mi vivencia anterior. En una de mis enloquecidas incursiones en la selva, un grupo de maoríes me descubrió entre estertores y agonizando cómo nunca antes. Me llevaron con ellos, tengo recuerdos difusos de aquello. Entre mis escasos momentos de consciencia, supe que tenía ante mi a un chamán que sacudía una vara de junco que humeaba, me vi sumergido en termas naturales, junto a Géisers y enterrado en una tumefacta tierra roja envuelto en vapores y cánticos. Creo que estuve muerto, casi estoy seguro, o en una especie de estado latente cercano a la muerte. Yo…me vi fuera de mi cuerpo, volaba mientras admiraba los agrestes parajes. Inconscientemente te busqué. Y te vi, te vi acompañada de gente, amada, atendida, pero tan muerta como yo. Y entonces, algo cambio en mí.

Posó los ojos en mi, nublados y profundamente emocionados, contuve las ganas de abrazarlo con todas mis fuerzas.

—No sabría decirte el tiempo que pasé así, pero fue mucho, y cuando desperté, latía algo nuevo en mí. Una fuerza extraña, una determinación abrumadora, un vigor inusitado. Comencé a comer, salía con ellos a caminar, pescaba y cazaba, escuchaba el latido de la tierra, y una parte de mí conecto con la vida. Me reencontré, y fue así como mi alma se forjó en un guerrero capaz de luchar contra todo. Luego viajé a Canada, contacté con un joven científico que había conseguido elaborar anticuerpos contra el cáncer, naturalmente era un proyecto, que no gozaba del favor ni del apoyo económico de la industria farmacológica. Me negué a hacerme pruebas, sólo me ofrecí como conejillo de indias, a cambio además, de un donativo más que considerable. No sé bien lo que me curó, si los chamanes o la medicina, si el destino o el amor que sembraste en mi. O tal vez, todo. Una vez curado, seguí viajando por el mundo, cada vez más impaciente, cada vez más desesperado, pero necesitaba cerciorarme de no sufrir una recaída, prefería morir a buscarte y regalarte falsas esperanzas. Ahora, sólo sé que recuperé mi vida, y que he venido para ofrecértela. Si vencí a la muerte, nadie podrá impedir que te recupere, nadie. 

Un molesto zumbido escapó del interior de mi bolso. Nos miramos largamente.

—Lo siento por él, pero no volverá a tocarte.

La firmeza en su voz, la decisión de su mirada, apagaron el sonido del móvil, de la ciudad que despertaba y de cualquier brizna de resistencia, ni atisbo de replica, sólo una súplica.

—Dame tiempo, déjame hacerlo a mi modo.

—Hagas lo que hagas,  no podrás ahorrarle el dolor, he visto cómo te mira.

—¿Cómo tú?—inquirí cerniéndome sobre él.

—No, nadie puede mirarte como yo, porque nadie puede amarte más de lo que yo lo hago.

Atrapó mi nuca en un movimiento rápido e inesperado, y tomó mis labios con desesperación, cómo si aquella noche hubiera sido sólo producto de un sueño, cómo si el hambre nunca hubiera sido colmada, cómo si la vida se acabara en ese instante.

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ESCRITORA ROMÁNTICA
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7 respuestas a “SÁLVAME DE TI”……CONDENADAMENTE SUYA 31

  1. fernanada lodi dijo:

    Ahhhhh que lindo! Gracias Lola!!!! Amo a Liam. ♥♥♥♥♥

  2. Sunako Chan dijo:

    Siempre que llega el lunes me escapo un rato al pc, el móvil o donde sea que tenga conexión wifi para poder leer la historia de Liam y hoy que he tenido un día complicado me has hecho muy feliz. (Suspiro ❤ <3)

  3. Mar Ch dijo:

    Hola Lola, cada vez que entro a mi bandeja de entrada y veo “Entre Musas” es el primer correo que abro!! y como siempre quedo fascinada por esta historia tan apasionante..!!
    Gracias …..

  4. Qué linda historia!!!! cómo estoy queriéndolos…. Gracias Lola!!!

  5. Emily dijo:

    Gracias Lola

  6. Adriana Calderón dijo:

    Qué bella historia!!! me encanta! te espero con muchas ansias, queriendo conocer más de la historia!! Realmente sos una genia de la pluma!

  7. Lola, Lolita de mis amores… ¿Me quieres matar de un síncope cardíaco de amor extremo?…
    ¡¡Amo esta historia con locura desmedida !!
    Esta frase me mató y me remató: “No, nadie puede mirarte como yo, porque nadie puede amarte más de lo que yo lo hago.”…. ¡¡ Muero de amor !!
    Por favor Lola de mi corazón, queremos también este relato en libro…¡¡Por favor!!

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