Una cabaña en la nieve…

Todos tenemos algún sueño, el mío es ese.

Desde que era un niña soñaba que era escritora y que mis historias nacían en el interior de esa cabaña al calor de un buen fuego. Incluso veía con detalle una gran mesa de nogal frente a un gran ventanal. Fuera, gruesos copos caían perezosos sobre el albino lecho del bosque, sumando grosor al manto que cubría las agujas de los pinos, los troncos del cercado y el serpenteante sendero que conducía al acantilado. A mi derecha un quinqué titilante, cálamo y tinta. A mi izquierda un buen tomo de hojas en blanco. En mi interior, mil historias pugnando por pintar de letras mis días.

Han pasado muchos años desde aquel sueño, y sin embargo, a excepción de alguna pequeña y tecnológica modificación, permanece inalterable.

Y es entonces cuando me pregunto, qué son en realidad los sueños. ¿Metas por cumplir, quizá? ¿Ilusiones burbujeantes… ? Entonces, ¿qué ocurre si al cabo del tiempo no se materializan? ¿Desaparecen ahogados en la frustración? No, me digo, porque los sueños son mucho más que todo eso. Los sueños son nuestro particular refugio, el cobijo de nuestros más profundos y ocultos deseos, a los que acudimos cuando todo se agrisa a nuestro alrededor. Cuando necesitamos un respiro, una evasión, o incluso recordarnos quién somos en realidad. Porque yo sigo siendo esa niña de cabello oscuro y mirada soñadora que contemplaba absorta la nieve, imaginando mil aventuras tras aquella ventana.

En esa cabaña en la nieve, amo, río, lloro, gozo, sufro, … vivo. Como jamás lo haré en la vida real. Porque quizá si ese sueño se cumpliera, no sería tan idílico como lo imagino, pues seguramente la soledad me pesaría, el frío me acuchillaría, o la nostalgia me llevaría. O quién sabe, quizá no estaría sola y unos brazos me rodearían por detrás para atisbar algún capítulo incompleto mientras unos labios besan mi cuello. O tal vez no recorrería sola ese sendero hasta el acantilado, ni dormiría abrazada a la almohada… en tal caso, no querría despertar.

Todos tenemos un refugio al que acudir,  en ellos moran nuestros más íntimos secretos, nuestros más arraigados anhelos, nuestra más pura esencia. Cuando salgo de mi cueva, ansío tormenta, nieve, lluvia y frío, y una mano cálida que se enlace con la mía.

Soñemos, da igual con qué, dónde y cómo… nada se vive con tanta intensidad como un sueño…

Lola P. Nieva

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